lunes, 25 de marzo de 2013

El Capitán

Tito es su nombre. No es de mar, tampoco de los océanos y menos del puerto. Simplemente, trabaja con un barco y con el agua. Vive gracias a ellos, pero no es su sangre: el es un hombre de fiesta.

Conocí al Capitán en el 2012, es decir, el año pasado. Pasé con él tan solo un día en una excursión de snorkeling por el Mar Rojo en la que el fue nuestro guía. Nos pasó buscar por el Hotel, ubicado sobre una de las calles que decoran la desértica línea costera que se extiende hacia el sur de Hurghada. Esta ciudad solía ser un pequeño puerto pesquero a principios del siglo 20. Sin embargo, en los años 70 el turismo irrumpió en la aldea y hoteles, resorts y departamentos han sido construídos desde entonces e innumerables están en camino de ser terminados. Los motivos de la explosión turística son los mismos que atan a Tito a su lugar: una excepcional naturaleza y, principalmente, un mágico mundo marino.

La pequeña camioneta en la que Tito nos llevó también contaba con la presencia de su equipo de buceadores: Ahmed, el camarógrafo con labio leporino y Sultán, quien merece un párrafo aparte.

Sultán llevaba un colorido pañuelo en la cabeza, de seguro ocultando una incipiente calva que no armonizaría con su físico. Era un hombre corpulento, aunque sus concurridos biceps mostraban signos de una rotura de ligamentos. Con sangre árabe en las venas, tenía abultados rasgos iránios y pelo oscuro. Llevaba una tupida barba candado, con un planificado diseño que seguramente le obligaba a teñirsela de rubio en la zona de la barbilla. Dicha barba solomente podía armonizar con un par de anteojos de marco oscuro y grueso. Jamás adivinamos la utilidad de contar con Sultán en el equipo, aunque quizás justamente no había utilidad alguna y su rol pasaba por otro lado, y eso sí merece un cuento aparte.

La pequeña camioneta era manejada por un chofer local, y transportaba algunos turistas que se unían al grupo. Se escuchaba una repicante música rusa de indescifrables armonías. Tito comenzaba a calentar los motores, poco a poco nos acercabamos a su ambiente natural, él ya había tejido las redes. Al llegar al pequeño barco, conocimos a su dueño quien también manejaba el timón, y zarpamos cruzando las cristalinas aguas del mencionado Mar. La excursión consistía en una breve parada en la paradisíaca (si de algún modo ese término no ha perdido su vinculación con el Paraiso alguna vez perdido o ha quedado inexorablemente ligado a las palmeras, el sol, la arena de playa -siempre en latitudes tropicales) y muy turísticamente visitada Isla Giftun y luego una inmersión por los corales de la zona, guiados por las habilidades, principalmente submarinas, de nuestro Capitán.

El equipo de turistas estaba originalmente conformado por una jóven pareja de holandeses en un viaje de placer. También contamos con la compañía de una familia de origen ruso: padre, madre y joven hija y luego se nos sumó otro matrimonio, probablemente rusos, con otra joven hija. Coronábamos la expedición mi bella novia checa y yo, un extraño argentino: todos intentabamos escapar, al menos por algunos días, del frío continental con la ilusión del paraíso egípcio que inversores internacionales construyeron para nosotros.

Si bien el tour sucedió tal y como había sido contratado y esperado, lo que motiva esta semblanza fue nuestro ya mencionado Tito. De sus datos biográficos solo sabemos lo que el mismo nos contó: Está en posesión de una novia que comparte su nacionalidad con mi pareja, lo que no significa que comparte sus gustos. Ella está embarazada de Tito, y él nos cuenta que se estará mudando con su hija a Hurghada, el no piensa en dejar su tierra, el sol, el mar, el snorkeling y sobre todo, su pasado. Tito ama a su novia, lo repite sin cesar. De todos modos, no hay nada para él en República Checa: no hay mar, no hay corales, el sol brilla solo una parte del año y en la otra parte hace demasiado frío para él. Se convence a sí mismo e intenta transmitirnos la curiosa idea, al menos para nosotros, que mudar a su eslava novia cerca del trópico no será más que una ganancia para ella. Podrá ser la esposa de un musulmán con una vida aparentemente envidiable. El sabe lo que ella quiere y lo que su hija necesitará. El proveerá, y mientras habla con Martina sobre las desventajas de vivir en un país ubicado en el centro de Europa, le demuestra que ha hecho un gran esfuerzo por empaparse en su cultura y poder juzgarla desde dentro: Gatita checa, linda mujer, son los únicos conceptos que logra volcar en el idioma de mi novia. Al ruso lo maneja bastante mejor: se detiene frente a las bellas turistas largo rato, les toma la mano y conversa con ellas, siempre obteniendo una sonrisa de su parte. Se vuelve hacia nosotros, y recuerda lo agradable del sol y el amor a su novia.

Este es Tito. Antes de desembarcar, nos instruye en algunas normas de convivencia para la playa que está atestada de otros grupos de excursionistas y sus respetivos guías. Somos el grupo de Tito, le pertenecemos, y por ello cuando el nos llame, debemos responderle con un alarido. No un grito, no un canto, sino un alarido: Debemos ser muy ruidosos. Sus compañeros, Ahmed y Sultán, nos dan el ejemplo.

- Tito´s group..?
- Yeahhhhh

Es muy serio al respecto, no debemos perdernos y el tiene que poder localizarnos. El nos llamará y nosotros responderemos. Nos miramos con extrañeza, sobre todo porque no somos del tipo de público que uno puede ver en las publicidades de las noches de parranda en Ibiza o Belgrado, donde todos gritan y vociferan, embriagados por la fiesta y exitados por el alcohol, no. Se nos ve tranquilos y con necesidad de descansar, de despejar la mente mirando el horizonte. El mar que se une con el cielo en el infinito, ambos inescrutablemente azules. Pero acatamos, sobre todo cuando vemos a lo lejos una playa, y en ella a cientos de personas. Nos hace practicar varias veces, nos alecciona y nos explica como tiene que ser nuestra respuesta. Firme, poderosa, vibrante No puede perdernos.. El es el guía y conoce muy bien de su trabajo. Nos encuentra un lindo claro entre los bañantes para que podamos improvisar un campamento. Tito conoce a los otros guías, los otros guías lo reconocen. Tito nos pide que tomemos  muy seriamente lo que nos dijo antes de dejar el barco, y comienza a llamarnos al viento:

- Tito´s group?
- (respondemos con desgano)

Alguien se ríe, Tito no puede sino bajar las cejas y mirarnos con decepción.

- Tito´s group?
- Oh! (Tan solo la pareja de holandeses le responde, tímidos, descolocados)

Tito nos fulmina unas miradas, a nosotros, a los rusos. Un tal Rashid le hace gestos ridículos. Hay indignación en Tito, quien como por última vez nos llama en pos de lucha

- Tito´s group?
- Yeahh!!

No podemos más que obedecerle. Segundos después Rashid hace lo mismo con su grupo, y tan solo obtiene gritos flacos, como desganados. Intenta dos o tres veces más pero no es Tito, sus guiados no entran en el juego. Nosotros sí. Tito nos ha preparado, entrenado, y ahí estamos, respondiendole una y otra vez a su llamado. El ríe, sabe que ha ganado, se burla de Rashid y de otros. Está feliz como un niño.  Ha decidido que nos compensará, lo hemos coronado rey de la Isla Giftun por unos momentos.

De vuelta en el barco recibimos nuestro premio: verlo bailar. Antes, Tito nos presenta a un personaje que bailará el Tanura para nosotros. Es una danza donde una persona ataviada con una larga y amplia falda amplia llena de colores comienza a girar rapidamente sobre sí mismo al ritmo de música posiblemente egipcia. Debido al movimiento la falda comienza a elevarse, siempre girando, y el bailarín realiza demostraciones de habilidad tanto con la falda como con los brazos. Es vergitinoso para todos, no para Tito. Se suma al tradicional baile, el cual imita con estudiada precisión aunque solo lleve un ajustado traje de baño. Luego la música cambia y comienza una fiesta en el barco con impronta de discoteca, mientras nos acercamos nuevamente al puerto y al fin de nuestro día con él. Nos hace bailar a todos, nos levanta uno a uno y nos junta en parejas. El es el maestro del baile, nos enseña, nos muestra sus movimientos. Ni sus compañeros pueden seguirle. Sultán trata, Ahmed tropieza filmando con una mano y bailando con la otra. Los holandeses no parecen más que adolescentes  y los rusos extrañados sin haber podido probar bebidas espirituosas. Por un momento la escena se vuelve totalmente diáfana. Tito sonríe de tal manera que es difícil quitarle los ojos de encima. Durante todo el día nos ha ido preparando, como cocinándonos a fuego lento: con mucho arte. En este delirio del baile, el vaivén del barco navegando por el mar, el sol, la música y el cansancio, tenemos que volver a alzar nuestras voces, pero esta vez es espontáneo. Somos el grupo de Tito, el fue nuestro Capitán y esta fue su fiesta.

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