Si bien estaban cerca, y no solo por su nacimiento e incluso su género, su encuentro no dependió de ellos mismos y más bien se diría que fueron obligados a compartir un mismo espacio. Su historia, como la de todos, comenzó mucho antes. Son distintas, pero similares. Tanto que ambos nacieron en el campo, como retoños queridos y esperados. La temporada fue prácticamente la misma y por eso bien puede decirse que pertenecen a una misma generación. No nos han dicho nada sobre sus países de origen pero ambos tienen un fresco aire caribeño, aún exótico en la Europa central de ojos azules y cabellos rubios. Podríamos imaginar sus historias pasadas, como crecieron, como fue que emigraron y cuantas aventuras vivieron antes de llegar a Praga, pero nada de esto es importante en este relato.
Sí sabemos que tiempo después de haberse encontrado en el mismo lugar, se fueron juntos aquella calurosa tarde de miércoles. Estaban en el centro y un tranvía los llevó, muy juntitos, hacia las afueras de la ciudad. Fue en ese viaje con tanto roce que se hicieron íntimos, cosa que solo puede ocurrir de modo vertiginoso cuando el ritmo tropical corre por las venas. Encontraron, pues, un posible destino común, aunque el mañana nunca es seguro pero el descarte sí lo es; confiaban en su buena estrella, y en aquel concurrido tranvía decidieron sellar su suerte, aunque la verdad es que no había nada que pudiesen hacer para evitarlo.
Convivieron bajo el mismo techo, pero lo que al principio era un cosquilleo simpático y acaso juguetón, con el tiempo y la rutina se convirtió en castigo para uno y placer para el otro. El permanente contacto al que estaban sometidos no les daba ese necesario respiro, esa sana distancia, que toda pareja necesita, al menos de vez en cuando, para seguir funcionando.
Los días pasaban y su situación se solidificaba. Algunas arrugas, sigilosas primero, evidentes después, comenzaron a aparecer. Y no sólo ellas, también algunos cambios de color en la piel que era signo, ni mas ni menos, que de la descomposición de aquella primera armonía, aunque sus destinos se proyectaban inamovibles. Parecían condenados a vivir en esa casa que más bien parecía una cesta de mimbre más que un hogar.
Sin embargo, sus horas pasaban entre sueños, que ya no eran conjuntos. Deseaban lugares exóticos. Viajes en barcos, automóviles y entre ellos, por qué no, camiones y camionetas por caminos polvorientos. Aunque nunca lo habían discutido, viajar en avión jamás se les había presentado como una opción porque sabían que era costoso y no estaba a su alcance. Esos pequeños acuerdos que se manifestaban sin previo aviso les ayudaban a sostener la ilusión de haberse elegido por ellos mismos. Era el único momento en el que lograban gozar de su ya forzada compañía Pero, por algún motivo, salvo su aspecto exterior, todo permanecía invariable en su casita de mimbre de la cual ya resignados decidieron no volver a intentar escapar, aunque ya para ese entonces dejaron de verse como la pareja que, en lo externo, aún parecían.
Pero todo se terminó cuando la decisión sobre su destino dejó de depender de ellos. Es increíble cómo la vida da y la vida también quita. En el momento en el que el jugo del pomelo se volvió apetecible, de él tan solo quedó su cáscara. El ananá no lloró. Lo había molestado y pinchado tanto sin remordimiento alguno como quien piensa que no puede cambiar en nada su situación. Tanto es así que juzgó esta triste separación como el logro de la paz perpetua para ambos.